|
Claudia no está sola
La noche trae consigo, la inquietud de sus ojos. El color, alrededor como suave contraste, eclipsa sus niñas color miel. Desierta, incierta, inquietudes perpetuas. A través de su cálida sonrisa, lograba envolverme. Aparentemente está contenta, pronto dará un brinco, y me dirá, que está genial, que de todas maneras, aguantará una década más. Sonríe, dulcecillo inexplicable. -Nadie entiende, solo critican, vociferan. ¡Minúsculos! No saben nada, de sus propias vidas-. Bebe su vodca y continúa. -Mi madre casi se muere, mi viejo peor. No creyó, que su hijita estuviera en la clínica San Pablo por pasada de vueltas-. Cambio el tono de su voz, su rostro, se volvió tenue. Quizá era lo mejor, pero sin duda, no lo pensó dos veces. -Necesito un tiro Diego-, susurró, dirigiéndose al tocador.
***** Había conocido a Claudia hace seis años. Desde que la ví me encantó, no podía dejar de verla, detrás de las cortinas conversando con mi hermano mayor. Solía ir a mi casa ah buscar a mi hermano mayor para los apuntes de la universidad. Estudiaba diseño de interiores, poco tiempo después dejó la carrera, también su casa. Vivía en lo bajos del café Dassa, sus padres le giraban un cheque mensual, aun así decidió vestir de minifalda los viernes por la noche en la Luna, una discotequita de ésas, donde la electrónica o el reggae son piezas claves de jolgorio. Las pocas veces que la ví, siempre estaba acompañada por los náufragos de la noche que la abordaban como colibríes en un rosedal. Iba y venía sin cesar, terminaba exhausta, sin ganas de nada… ni de pensar.
Cuando mi hermano me la presentó, en la casa de Ana, sabía que no le hablaría más de cinco minutos, que la aburriría, ella se iría, me dejaría sólo, victima de las burlas, pero todo fue al contrario. Nos gustaban los mismos libros, las mismas pinturas, bajo las luces de la sala de Ana, los dos hablábamos de manías, de miedos. Le confesé que fumaba joinses después del almorzar, que odiaba bailar y que mi ex me había dejado por ello. Entre carcajadas salimos por el umbral con una botella de vino, entre murmuraciones de la mamá de Ana, por la botella desaparecida.
Entre la noche, el vino, los joins, sin querer se esfumó nuestra razón. La niebla áspera, fría, soñolienta del amanecer, bajo su aliento mi rostro, cual suave protector, con los brazos amarrados a su cintura, amaneció. Tras darle un beso, alucinado, por lo que había pasado, decidí dejarla dormir. Se veía hermosa, respiraba lentamente. Antes de dejar su piso, le escribí algo: Recuerda, después del atardecer, en el parque Salazar; te veo te espero.
Desde aquella noche había pasado mucho, íbamos y veníamos sin descansar. En noches eternas, sollozos interminables.
Sobre la barra, esta noche, yo la esperaba con la misma sonrisa de siempre, sin juzgarla, sin marcarla; solo éramos los dos, nadie más existía. Desde que la conocí, habían pasado seis años. Yo ya no podía verla así, la coca no la dejaba en paz. Un día, su cansado corazón la dejaría en el aire, o en el cielo…
E* M* Davis*
|
2 dias de corrido a tu lado
ya sabes como son =$
Te Kiero Mucho Mi Amorcito Bonito*
Tu Princesita*=]